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Diarios de Cuarentena: parte 1 (Relatos LGBTIQ+)

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Relatos LGBTI AmbienteG

Comenzamos esta cadena de relatos LGBTIQ+ para amenizar las horas de cuarentena por el coronavirus y lo hacemos con una historia dividida en dos partes que tiene como protagonistas a dos chicas en la cuarentena y la curiosa – y necesaria – vida que nos están dando nuestras terrazas y balcones. Se llama Diarios de Cuarentena y la autora es nuestra editora Eva.

Recuerda que puedes participar enviándonos tu relatos lésbicos, relatos gays, bisexuales, trans, relatos queer en definitiva desde 300 a 1000 palabras a través de este formulario.¡ A disfrutarlo!

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Diarios de cuarentena. Parte 1

Una voz de mujer era lo único que se oía esa noche estrellada de invierno. Salía de la única ventana abierta. Permanecía a oscuras y no parecía haber una silueta cerca. Se quedó a escuchar cómo terminaba la canción y aplaudió. Nadie salió al alfeizar.

Día 1

Pero empecemos por el principio. El primer día del confinamiento se lo tomó con resignación: aquello iba a ser una especie de retiro cultural. Netflix, Filmin y una enorme pila de libros por leer o dejados a medias recibirían una (otra) oportunidad. Quizás hasta retomaría ese curso a distancia de alemán. En cuestión de segundos, lo que había sido el plan perfecto para aprovechar las horas muertas se estaba convirtiendo en un cuadriculado horario. ¿No os ha pasado alguna vez que quieres hacer tantas cosas que no sabes por dónde empezar? Ella lo resolvió abriendo una cerveza y saliendo a la terraza. No había perdido ese pequeño placer.

Día 17

Otro día más, otro día menos. Aunque había convertido su pequeña terraza y los escasos rayos de sol de una ciudad del norte a mitades de marzo en su oasis particular, a lo largo del día se agobió y salió a pasear con su perra. No podía ir al parque ni al río a despejarse, el estado de alarma lo había dejado taxativamente claro: solo lo imprescindible para que el animal hiciera sus necesidades. No había ni un alma por la calle. Era desolador. Afortunadamente, solo había que levantar la cabeza para descubrir que todavía había vida a través de la luz que se colaba por las persianas de las ventanas.

Estaba ensimismada reflexionando cuando, buscando las llaves en su bolsillo, se percató de una ventana abierta de par en par. De su interior salía una voz de mujer cantando una vieja canción pop de hace 20 años. No recordaba el título. Llevaba tanto tiempo sin hablar de viva voz que, esperó a que la canción cesara para comenzar a aplaudir. Quizás la persona se animaría a cantar otra. O mejor aún, a salir a la ventana. No pasó nada.

Día 18

Es fácil seguir una rutina cuando no queda más remedio. Aún así, al día siguiente permaneció emocionada todo el día ante la posibilidad de volver a escuchar aquella voz. ¿Volvería a escuchar cantar a su vecina? ¿Quién vivía allí? La cuarentena había logrado un efecto curioso, pero no por ello menos esperado: no poder salir nos había hecho ocupar nuestras terrazas, normalmente en el ostracismo de la ropa tendida y los geranios mustios.

Así, ella había descubierto que enfrente vivía una familia numerosa. Y encima de esta, un matrimonio mayor de lo más entrañable. Él salía a comprar el pan todas las mañanas y volvía, a paso muy lento, hasta su casa. Nunca había escuchado tantas veces la banda sonora de “La misión” hasta que la cuarentena dejó a una niña en casa con su flauta dulce… justo la casa de al lado. Y encima, alguien había decidido que era buen momento para hacer obras en casa. Vecinos. Aquella noche volvió a cantar.

Día 19

Y la noche de después. Y así todas y cada una de las noches de la semana. Siempre a la misma hora. Siempre cuando ella volvía a casa de pasear a la perra. Cada noche llegaba a la puerta de su casa acompañada por la voz de su vecina, que nunca se había dejado ver, pero que siempre comenzaba su canción cuando Lola y ella se acercaban al portal.

Día 21

Levantarse, pasear a la perra, hacer algo de ejercicio, trabajar, comer, pasear a la perra, seguir trabajando, estudiar, ver o leer algo, dar el último paseo a Lola y acostarse. Empezaba a pensar que la cuarentena no era muy diferente a la vida de antes. No se acordaba. Su único momento reducto de libertad era la terraza.

No quería acordarse de la sensación que tenía cuando pisaba una ciudad nueva. De bailar y terminar exhausta, apurando el último trago de un gin tonic dulce y rosado. Del intercambio de miradas fugaces con una desconocida. Los desplazamientos más allá de lo estrictamente necesario estaban prohibidos y, en caso de coincidir con alguien, había que respetar una distancia de seguridad de al menos un metro. Nos evitábamos.

Día 23 (o quizás no)

Al principio de la cuarentena pasaba las horas muertas en las redes sociales, pero con el paso de los días descubrió que no le aportaban nada. Siempre era un círculo para seguir un ratito más, un sentimiento de pertenencia y comunidad… un espejismo. Sabía que el confinamiento llegaría a su fin tarde o temprano, pero por el bien de su salud mental, racionaría su consumo de internet. Quién se lo iba a decir a ella, que había hecho de internet su trabajo. En su lugar, permanecía sentada mirando un punto fijo del gotelé. Lo encontraba extrañamente evasor, como una especie de puerta a un estado de concentración y meditación.

No es que su vida fuera demasiado activa. Vivía para su trabajo y para la fiesta y ahora que había perdido la mitad de su motor vital, cualquier cosa le servía para estar entretenida. No le costó demasiado hacer de la voz misteriosa uno de sus hitos diarios. Siempre desde la misma ventana, a la misma hora y a oscuras.

Día 24 (¿seguro?)

Cuando ya había pasado una semana desde esa primera noche, pensó en actuar. Total ¿qué podía pasar? Cualquier cosa era mejor que nada. Fiel a su cita, la escuchó cantar y, sin detenerse, subió a casa y abrió la ventana. Lo tenía muy fácil: cantaría otra canción de ese viejo álbum. Se le hacía raro oír su propia voz, pero tras los primeros versos se animó: la había cantado unas cuantas veces en el karaoke y por lo menos era capaz de afinar. Menos es nada. Y eso fue lo que recibió como respuesta: nada.

… O no. La siguiente pista del álbum de La Oreja de Van Gogh sonó, pero no con la voz de Amaia, sino a capella y de forma improvisada. No pudo evitar reírse: no se sabía más canciones y no iba a poder continuar el reto. Una silueta se acercó a la ventana.

– Por fin se deja ver la reina del pop.

Continuará…

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Source: AmbienteG

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