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Diarios de cuarentena: parte 2 (Relatos LGBTIQ+)

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Relatos LGBTI AmbienteG

Seguimos con nuestra cadena de relatos LGBTIQ+ para hacer más leve estos días de cuarentena, esta vez con el desenlace de Diarios de cuarentena: parte 1, que por cierto trata precisamente del aislamiento que estamos sufriendo y cómo nos está afectando.

Recuerda que puedes participar enviándonos tu relatos lésbicos, relatos gays, bisexuales, trans, relatos queer en definitiva desde 300 a 1000 palabras a través de este formulario.¡ A disfrutarlo!

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Diarios de cuarentena. Parte 1

Día 1

No tenía que haber ido de viaje. ¿Pero cómo lo iba a saberlo ella? Su vida era viajar y dar conciertos. Cuando llegó de aquel país no tenía síntomas. Cuando fue a ver a su madre a la residencia, tampoco. Los resultados dieron negativo pero… that scalated quickly.

Ahora ya no podía ir a verla y no sabía cuándo volvería a hacerlo. Cada día llamaba para preguntar y la respuesta siempre era la misma: “su madre está estable”. Pero ella tenía miedo de no volver a verla. Miedo de una sanidad desbordada y un edificio lleno de ancianos. Lo único que podía hacer era quedarse en casa y esperar.

Día 17

¿Cómo podía pasar una artista tantos días encerrada entre cuatro paredes? Comenzó esbozando el edificio de enfrente, pero pronto algo llamó su atención: una chica tomando el sol en la terraza, sonriente y con un perro entre sus brazos. Su sonrisa era lo primero que le había dado algo de calma en esta larga cuarentena. Comenzó a dibujarla. No era lo suyo, pero esbozar líneas e intuir por dónde irán los siguientes trazos le relajaba.

Pensó en asomar la cabeza y saludarla, pero se sintió ridícula. Estábamos en cuarentena pero eso no era un pretexto para ponerse a gritar de un lado a otro de la calle. Ni siquiera se atrevía a bajar a la calle cuando ella pasease a su mascota. De nuevo, tendría que volver a enfrentarse a algo a lo que nunca había sido capaz: hablar con un desconocido. Pero su timidez se desvanecía en el escenario. Así que lo vio claro: cantaría para ella.

La vio salir y alejarse. Todavía no había elegido la canción. Había descartado la lírica porque le daba vergüenza, a pesar de ser su profesión. Quizás una canción actual. Pero, ¿por qué volvía tan pronto? Cantó lo primero que se le vino a la cabeza: una canción de su adolescencia.

Dia 18

La vio quedarse mirando hacia su ventana. Incluso la oyó aplaudir. Era el momento de salir a la ventana, pero no se atrevió. Maldita timidez. Esa misma noche volvería a intentarlo. Mientras tanto, seguiría dibujando a la chica que tomaba el sol plácidamente en medio de la incertidumbre.

Día 19

Ese día se sorprendió a si misma levantándose más tarde de lo habitual. Iba a ser un día atípico, tanto que no bebería limón y miel para reconfortar su garganta. Es más, ni siquiera realizaría su entrenamiento de canto, una rutina que llevaba llevando a cabo todos días durante trescientos sesenta y cinco días del año a lo largo de la última década. En la lírica todo tenía que ser perfecto. Y ella había vivido para la lírica desde que era una frágil y enfermiza niña asediada por alergias y una piel atópica que no soportaba el sol. De ahí sus eternas gafas de sol y su sombrero. Cuando su carrera comenzó a despuntar, esos complementos necesarios se asumieron como una excentricidad. Primero se molestó. Luego los asumió, llegando incluso a llevar una pamela. La primera vez que se la puso, se le escapaba la risa: estaba alimentando su personaje.

Estaba comenzando a plantearse que esta excepcional cuarentena que la había alejado de su vida espartana podía ir algo más allá. Dejar de entrenar para estar a punto. Simplemente vivir. Vivir… a pesar de estar confinada.

Así que abrió un refresco de su nevera – que compraba para los invitados que nunca venían – y lo vertió en un vaso tras echar hielo. “Que le jodan a mi garganta” se dijo divertida. Nunca una coca cola le había sabido tan bien. Se dejó caer en el sofá y ladeó la cabeza: allí estaba el esbozo de su vecina. Había sido casual pero definitivamente, había elegido bien la canción.

Día 21

Como cada día, llamaba a la residencia para preguntar por su madre. Seguía estable, pero nunca conseguía hablar con ella. Cruzaba los dedos y se repetía cual mantra que un día más era un día menos para volver a verla. Mientras tanto, leía plácidamente en la mecedora de su madre, balanceándose suavemente. Los ojos se le iban a la ventana instintivamente cada vez que se inclinaba hacia delante: allí estaba su vecina, paseando nerviosamente por su casa.

Cuando no andaba con el móvil o el portátil en la mano, salía a despejarse a la terraza. Era entrañable ver cómo su perra se sentaba a su lado y las dos cerraban los ojos a la vez, como si fuera una divertida coreografía sincronizada, disfrutando de los primeros rayos de sol de la temporada. Le habría gustado preguntarle su nombre. La habría encantado cantarle al oído. Seguro que así por fin se estaría quieta.

Día 23

El extraño ritual de cantar a una desconocida a través de la ventana abierta se había convertido en algo habitual y ya comenzaba a preguntarse si, como tantas otras veces, había dejado que su timidez, o mejor dicho, su cobardía, le hiciera perder la oportunidad de conocer a alguien. Y la verdad sea dicha: llevaba semanas sin hablar con nadie más allá de sus llamadas a la residencia, meses sin conocer gente nueva y años sin besar a alguien.

Siempre se había excusado en su trabajo para no comprometerse, para mantenerse en su particular jaula de cristal. Su indecisión le había jugado malas pasadas anteriormente. Y es que siempre esperaba que algo sucediera. Una señal. No se daba cuenta que incluso la ausencia de señales era una señal en sí misma.

Día 24

Esa noche no cantaría desde el interior de su salón, sino que saldría al alféizar de la ventana. Lo había visto en televisión: todos estaban poniendo su granito de arena para hacer de esta cuarentena algo más llevadero y, en el caso de los artistas, habían continuado realizando conciertos a través de las redes sociales o simplemente desde la ventana, para su vecindario. Así que no sería algo raro. Los vecinos de toda la vida sabían quién era ella y, aunque no entraba dentro de lo esperable para ella lo de dar la cara más allá de lo estrictamente necesario, lo haría para hablar con su vecina.

Conforme se acercaba la hora habitual, se ponía más nerviosa. Llegó un punto en el que había desistido su atrevimiento, llegando a la conclusión de que quizás lo mejor era dejar de cantar por las noches. En cuanto la vio salir con su perro, desechó la idea: volvería a cantar. No se atrevía a dar la cara, pero tampoco a dejar pasar esa extraño cosquilleo que sentía cuando su vecina miraba maravillada hacia su ventana. Cantó, pero esta vez la vecina no se detuvo: abrió la puerta del portal y subió a su casa como si nada. Terminó la canción con la idea de que nuevamente,había dejado pasar un tren por su indecisión.

Pero la ventana se abrió y su vecina comenzó a cantar. Había tenido el atrevimiento de cantar otra canción de ese entrañable y por qué no decirlo, un poquito hortera, álbum de La Oreja de Van Gogh. Tenía pinta de ser una chica muy divertida y ocupada – seguramente tendría un puesto importante – pero algo tenía claro: no era cantando. Rompió a reír divertida, acercándose hasta el umbral de su ventana para verla intentar afinar sin éxito.

Su vecina sonrió, la miró fijamente y dejó de cantar. La saludó con el título de la maldita canción.

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Source: AmbienteG

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